La Leyenda

La Leyenda de La Tremebunda

Poco se sabe de Feliciana Meléndez Torres, conocida popularmente como La Tremebunda. A través de las distintas anécdotas y relatos que van pasando de boca en boca entre los vecinos de mayor edad, y que con el paso del tiempo se van perdiendo poco a poco, podemos construir una sorprendente historia de un personaje que, en cierta manera, fue trascendente en la historia de Madrid. Una historia efímera, repleta de lagunas por la falta de documentación existente, pero al mismo tiempo fascinante y marcada por la libertad de una mujer adelantada a su tiempo.

Los padres de Feliciana, Don Pedro Meléndez y Doña Agustina Torres, habían emigrado a Cuba desde su Galicia natal y, una vez afincados en La Habana, habían hecho una fortuna. Sin embargo, el huracán de Cuba de 1910, conocido como el ciclón de los Cinco Días, produjo daños considerables en las propiedades de la familia. El padre de Feliciana nunca se repuso de ello y, aunque todavía conservaban una considerable cantidad de dinero ahorrada, gracias a la previsión de Doña Agustina, dicen que un buen día se marchó en busca de nuevos negocios con los que devolver a la familia su antiguo esplendor. Puede que fuera por eso, o puede que fuera por aquello que se rumoreaba sobre el romance de Don Pedro con una mulata bastante popular en la zona por su belleza sin par, conocida como La Flaca, pero el caso es que nunca se volvió a saber de él.

Seguramente por ello, a principios de 1916, Doña Agustina y su preciosa hija Feliciana, que aún no se había ganado el mote de La Tremebunda con el que llegó a ser popular en los círculos de Madrid, retornaron a España. En lugar de regresar a su Galicia de origen, Doña Agustina decidió que ambas se afincaran en Madrid, seguramente para evitar la vergüenza y disgusto que le producía el abandono por parte de su marido.

El plan de Doña Agustina era utilizar el dinero que había conseguido acumular durante los años vividos en Cuba para dar a su hija un aire de estatus social que la permitiera atraer y finalmente contraer matrimonio con un varón de elevado nivel económico. Para este fin la vistió con los mejores trajes y discretas pero elegantes joyas para asistir a multitud de eventos sociales. En cierta manera cumplió su objetivo, pues muy pronto la joven Feliciana llamó la atención. El problema para Doña Agustina era que su hija, lejos de coquetear con la gente de dinero, prefería rodearse de escritores, pintores y otra gente que la madre consideraba de mal vivir. Pero, de todas las amistades que buscaba Feliciana, lo que mayor ardor de estómago producía en la madre era que, en los eventos a los que asistían en el Ritz, la joven Feliciana no podía desprender la vista del nuevo ayudante de barman. Seguramente se hubiera sentido más reconfortada de haber sabido que ese joven barman, que respondía al nombre de Pedro Chicote y a quien ella veía como un mero sirviente sin futuro alguno, años más tarde se haría popular al instaurar la coctelería más famosa de Madrid en la Gran Vía.

En total desacuerdo con los planes de su madre, Feliciana se enamoró fervientemente de Chicote, quien desoía sus súplicas de amor y hacía caso omiso a las cartas que la joven le dejaba cada vez que pasaba por el Ritz. Doña Agustina hacía todo lo que podía por hacer entrar a su hija en razón, pero sus esfuerzos fueron en vano y jamás consiguió su propósito porque, solo unos meses más tarde, falleció por unas fiebres que nunca llegaron a identificarse. Años más tarde, Feliciana se referiría a ello con estas palabras: «Cuando desapareció mi padre y, al poco de llegar a Madrid, falleció mi madre, nunca pensé que me hubieran abandonado; al contrario, lo que hicieron fue abrirme el camino para poder ser yo misma, lo que fuera que significara eso, porque nunca terminaré de descubrir mi camino ni de sorprenderme por los destinos que la zozobra de la vida me tienen reservados. Y si por ello debo pensar que mi madre murió por los disgustos que le produjo mi impertinencia, que no eran otra cosa que consecuencia de mi grito de libertad, así lo habré de aceptar».

El fallecimiento de Doña Agustina, ciertamente, supone un antes y un después en la vida de la joven Feliciana. Sin ninguna restricción en la vida, nada la limita para vivir la vida como ella ansía en la gran capital. Con el dinero que hereda, a finales de 1916 monta un taller de costura en el madrileño barrio de Malasaña, concretamente en el número 8 de la calle del Barco, muy cerca de la Gran Vía en la que el amor de su vida Pedro Chicote acabaría montando su célebre bar. El taller, bautizado como La Cubana Textil, no acaba siendo un buen negocio, porque los diseños de Feliciana eran del todo estrafalarios para la época. Aún así consigue vivir de ello e incluso instala su habitación en la trastienda del local para equilibrar su débil economía.

Rápidamente, a raíz de ese taller de costura, Feliciana se gana en el barrio el mote de La Tremebunda. No solo por la naturaleza de los diseños más llamativos que elabora en su negocio, sino sobre todo por sus andanzas, enseñanzas y teorías. Destaca especialmente su particular fijación con una inminente colonización extraterrestre de la que afirma haber sido alertada a través de alienígenas materializados en forma de ángeles, llegando a asegurar haber sido abducida cuando era niña en una playa de La Habana.

La Cubana Textil acaba convirtiéndose en un centro de reunión para decenas de vecinos que atienden, primero atónitos y posteriormente con entusiasmo, a las sentencias de La Tremebunda sobre la libertad de la mujer, el sufragio universal y los extraterrestres, entre otros temas. Esas reuniones acaban convirtiéndose en auténticos foros libertarios, a los que asistieron personajes célebres de la política y la cultura de la época. También servían como un gran escaparate para las ideas artísticas de La Tremebunda. Sus propuestas no siempre eran entendidas por su público, pero eran aplaudidas con fervor porque, por su intensidad, evidentemente tenían que significar algo. Los asistentes a sus eventos, que llegaron a realizarse a diario, eran los primeros en ver las expresiones artísticas de La Tremebunda.

La Tremebunda no solo sorprendió con sus patrones de moda, siempre a la contra de lo que se estilaba en la época y sorprendentemente adelantados a su tiempo, como cuando presentó el «biñador» o el «hilobraga», modelos primitivos y revolucionarios de lo que décadas más tarde se presentaría como bikini y tanga, respectivamente. También presentaba poemas escritos por ella, o cuadros que había pintado tras lo que ella refería como «episodio de conexión con las fuerzas de otros planetas». Estas obras se hacían muy difíciles de comprender.

Por ejemplo, en los poemas solía incluir no solo un lenguaje rebuscado, sino además números y fórmulas matemáticas, como este:

Profusión romantemática

Te dije Π.
Te dije Π, y tú, omnímodo, ∞.
Siempre, maldito, ∞.
Y cuando te dije ∞,
tú, como entelequia inefable,
demiurgo afable,
360 grados después,
me hiciste Π.
Ahora ya ni Π ni ∞.
Desde que no estás, soy Ø.
Pero a veces,
en mi meliflua soledad,
sueño con el ubérrimo ∞.

Por otro lado, sus pinturas, muy marcadas por el color amarillo, que ella decía que era el color de «los ángeles de otros planetas», solían estar complementadas por lo que ella llamaba «utilidades». Fueron muy aplaudidas la obra en la que añadió ganchos a un lienzo para convertirlo en perchero y la obra que pintó sobre una lámpara ideada para ser portada como sombrero, con la innovación de que esta se mantenía enchufada a la corriente y, según La Tremebunda, «ilumina a su portadora». Sin embargo, el hecho de que el cable no era muy largo, y el calambrazo que sufrió durante su presentación, hicieron que esta obra fuera muy comentada pero jamás creara tendencia.

Al inicio de cada uno de esos encuentros sociales al amparo de La Cubana Textil, La Tremebunda decía: «Hablad, queridos, pues es con las palabras con lo que decimos, y por lo que decimos, somos». Y a estas palabras todos los asistentes respondían al unísono: «¡Somos!». Durante la realización de estos actos, La Tremebunda disfrutaba sirviendo comida y bebida a sus invitados. Para ella era muy importante que sus invitados se sintieran libres y cómodos en un espacio para el intercambio de ideas y opiniones, y por eso se colmaba de atenciones hacia quien asistía a sus reuniones: «Si con la palabra alimentamos el alma, con mayor razón debemos dar comida y bebida a nuestros cuerpos, para que la plenitud sea máxima».

Se comenta que fue en La Cubana Textil, y bajo las órdenes de La Tremebunda, donde se gestó en 1923 el Círculo Libertario Femenino (CLF). El CLF sería responsable de acciones vecinales protagonizadas en exclusiva por mujeres, siempre en la clandestinidad por la naturaleza de sus actos, y muy especialmente por sus JYL (Justicia y Libertad) que eran acciones de represalia hacia maridos maltratadores. Se cuenta que en una de esas JYL llegaron a hacer creer a un marido maltratador que le habían secuestrado, extirpado los testículos, y que se los habían servido fritos para obligarle a comérselos. En realidad eran huevos de codorniz y lo que le habían hecho en los genitales era aplicarle una compresa congelada mientras dormía, pero consiguieron su objetivo y ese hombre jamás volvió a agredir a su mujer. En otra ocasión, en mitad de una acalorada discusión sobre si la mujer debía sometimiento a su marido, La Tremebunda se despojó de su sujetador y le prendió fuego mientras exclamaba «¡Si el amor es sometimiento, yo quemo mis cadenas!». Sin embargo, la prenda deflagró con demasiada rapidez, provocando que, sorprendida por la llamarada, acabara arrojándola en una esquina en la que había varias cajas con papeles de diseños y retales textiles. Afortunadamente no llegó a producirse un incendio gracias a la rápida acción de varias señoras que participaban en el debate, las cuales arrojaron su té sobre las llamas. También se cuenta que, durante la Guerra Civil Española, el CLF se encargó de acoger en el sótano de La Cubana Textil a hombres de ambos bandos. Fue motivo de gran debate el empeño de La Tremebunda por acoger entre las filas del CLF a un manflorita. Muchas de las mujeres que componían el movimiento se oponían a ello, pero La Tremebunda fue tajante: «Aunque tenga genitales de varón, no deja de ser una persona que sufre por lo mismo que nosotras, por el amor y el odio de los hombres, y por tanto debe ser acogido como una más, sin convertirnos en verdugas de aquello por lo que luchamos».

Mientras lideraba su propio movimiento feminista clandestino, La Tremebunda no podía olvidar su gran amor: Chicote. Hasta que un día tiene un desengaño definitivo que no ha sido nunca aclarado y que ella resumió con estas palabras: «Hoy le he visto con otra persona. Y más que engañada, me siendo estúpida, pues siempre lo supe y nunca lo quise creer. Hoy se derriba la última barrera que limitaba mis decisiones, siendo mi corazón lo que más me entorpecía. Y hoy, desgarrada mi capacidad de amar, es cuando descubro que no necesito hombre alguno para ser mujer, pues mujer he sido siempre y mujer moriré. Enseñaré a ese hombre lo que ha perdido, y a hombres y mujeres lo que pueden ganar, porque todo lo que valgo es lo que quiero compartir en mi libertad».

Es en la década de los 40 cuando La Tremebunda se muestra totalmente ella misma. Sus trajes apenas se venden en La Cubana Textil, pero sus patrones son adquiridos por importantes marcas de moda internacionales para las que ella trabaja de forma anónima. El CLF acaba disolviéndose pero La Cubana Textil continúa funcionando como centro social donde se siguen celebrando tertulias y encuentros con escritores y pintores. Y cada noche, sin falta, ilumina el Museo Chicote con su presencia, encandilando a los hombres bajo la atenta mirada del varón que la despechó. Corre el rumor de que incluso tuvo un furtivo encuentro con el mismo Frank Sinatra en los baños de la célebre coctelería, provocando que el propio Chicote, que durante tantos años la había rechazado, entrara en cólera y la impidiera volver a visitar su establecimiento. Sin embargo, eso no impidió que dejara de verse en otros locales de moda de la época, haciendo siempre gala de su irreverencia y libertad sin límites tanto en sus palabras como en sus actos.

Un día, a finales del verano de 1947, sin previo aviso, la estrella de La Tremebunda dejó de brillar. Las puertas de La Cubana Textil no volvieron a abrirse y nadie supo qué había sido de ella ni a dónde había ido. Unos dicen que se fugó a París con un escritor que la había hecho descubrir lo que era realmente el amor. Otros dicen que se fue a Ibiza y su peculiar visión de la vida fue el germen del movimiento hippie de las islas. Alguna vecina asegura que en los últimos días se había obsesionado con los sucesos de Roswell y se planteaba seriamente ir a Estados Unidos para reunirse con los extraterrestres que tanto añoraba. Incluso hay quien dice que simplemente se fue a Galicia buscando volver a las raíces familiares que no había llegado a conocer. Lo que pasó realmente no se sabe, pero nos dejó la huella de su vida al margen de etiquetas y prejuicios.

Ahora, en lo que fue La Cubana Textil, se rinde homenaje a La Tremebunda con un bar que lleva el nombre por el que fue conocida. Un bar que, como ella, respira cultura, arte, tolerancia… y sobre todo libertad. Un bar que se marca como principal objetivo lo que a ella más le gustaba: que la gente hable entre sí en una época en la que la gente está más conectada que nunca pero no hay apenas conversaciones.

Se comenta que en La Tremebunda se oyen ruidos extraños y a veces las cosas cambian de sitio. Nos gusta pensar que no es más que el alma de la desaparecida Feliciana, feliz porque por fin se hace justicia a su historia y ansiosa por participar en las conversaciones.

© 2017 La Loca Tremebunda, S.L.
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